domingo, 14 de noviembre de 2010

¿El Opio de los Pueblos? Reflexión con las lecturas de la Misa del Domingo

Las lecturas de la Misa dominical nos invitan a tener presente que el mundo y la historia tendrán un punto final. Pero este fin no nos hundirá en le vacío de la nada. Por el contrario, traerá un nuevo comienzo: para ustedes que temen mi nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos (Primera Lectura, Mal 3, 19-20)

Por eso la invitación de Jesús en el Evangelio de hoy (Lc 21, 5-19) insiste en que no temamos; que no nos dejemos engañar por impostores; que tengamos confianza en Dios y fundamentalmente que seamos perseverantes en nuestro deseo y esfuerzo por vivir cristianamente : Gracias a la constancia salvarán sus vidas.

Esta espera confiada, serena y perseverante, no debe ser nunca una alienación de la realidad presente; un escapismo fácil que reduciría a la religión a un narcótico. De hecho el pensamiento marxista hablaba de la religión como opio de los pueblos, ya que, según él, drogaba a la masa trabajadora con la expectativa del cielo. Con ello se procuraba mantener las estructuras de poder que dominaban a los pobres, haciendo que eludan sus responsabilidades temporales.

Al respecto, San Pablo, en la segunda lectura de hoy (2 Tes 3, 6-12), declara inadmisible que un cristiano viva ociosamente, desenteniéndose de sus obligaciones terrenas. Efectivamente, en las primeras comunidades cristianas hubo quienes, esperando la venida definitiva de Cristo, se dedicaron a pasar el tiempo sin hacer nada y entrometiéndose en todo, produciendo toda clase de conflictos. De allí que el Apóstol los amonesta e invita a que trabajen en paz para ganarse su pan.

Y esto por qué, porque el Reino de Dios, que se manifestará en su plenitud al final de los tiempos, no comienza en el último día, sino hoy. Hoy mismo nosotros podemos comenzar nuestra entrada en ese Reino, y lo hacemos luchando por el bien de los hombres de nuestro tiempo. Ello implica necesariamente comprometerse en el trabajo, en las estructuras sociales, en los dinamismos y evoluciones comunitarias. Por lo tanto, esperar el Reino de Dios, no puede jamás llevarnos a desentendernos y desatender nuestras obligaciones; ni tampoco a tomar una postura indiferente y egoista respecto de las injusticias y violencias actuales.

Si quieres entrar en el Reino de Dios, trabaja positivamente en el reino del hombre. Sólo quien se compromete con el drama humano de cada día, podrá gozar de la Luz absoluta y sin ocaso del Último Día.

Viendo así las cosas, es claro que la Religión no es el opio de los pueblos, sino que les ofrece la posibilidad de descubrir y cultivar su verdadera identidad, iluminados por la Palabra Divina. Esa Palabra que no encierra en un intimismo fácil e individualita, sino que compromete en el quéhacer cotidiano, que cuestiona frente a la necesidad del otro vulnerable.

Imitemos y roguémosle a María que entró en el Reino de Dios, mientras transitaba su vida terrena.